jueves, 17 de octubre de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. Reconstituyente sintáctico


16 de octubre de 2013



Ah. Prosigo con mi huida intransitiva. Quiero decir que no corro a, ni hacia; ni desde. Corro sin objeto directo. La frase quedaría mejor si no la explicase pero, ahora que otra vez veo las noticias todo el rato, tengo la sensación de que mis semejantes me demandan con gran virulencia que aprenda a balbucear.

Sigo yendo demasiado deprisa y me canso enseguida. Soy incapaz de trotar muy despacito (también soy incapaz de ir más deprisa, claro). Quizá debería trabarme los pies, como las caballerías.











lunes, 14 de octubre de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. Fin de ciclo



14 de octubre de 2013



Y quince. Quince días doblegando el hierro ya frío de la desidia y la carpanta. He hecho cosas… horribles: ayer cené dos zanahorias. Me peso. Noventa kilos. Hala. Tócate los cojones. Tengo cuarenta y seis años, peso noventa kilos, mido uno ochenta…



domingo, 13 de octubre de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. Thursday's child



12 de octubre de 2013



He leído los apuntes más o menos diarios de personas que ejecutaron cosas excepcionales (Azaña, Kafka, Napoleón, Warhol…) y no parece desde luego que las estén llevando a cabo. Kafka cuenta que escribe cositas, Napoleón nunca está donde le apetece, Warhol se queja de que los demás son igual de tacaños que él, Azaña desconfía… Si el Jesucristo de los evangelios hubiese dictado un diario sobre sus actividades seguro que alguna entrada vendría a decir más o menos: Esta gente no se entera de nada. Ya contaba Borges que los soldados antes de la batalla (por decisiva que ésta fuese) hablan del barro o del sargento. Ana Frank no describió el genocidio nazi o LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL.

La pregunta es si la escritura, incluso la autobiográfica, se parece al autor. O si el autor se parece o debe parecerse a toda su época. Creo que no. Las sombras, por densas, bellas o enormes que sean, no son el objeto.

Anoto esto el 13 de octubre. Ayer corrí. Hoy no. Porque llueve. Como ven, el objeto (bulto en este caso) a veces ni siquiera arroja sombra alguna.









viernes, 11 de octubre de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer



10 de octubre de 2013

Hay una célebre fábula de Esopo donde se cuenta cómo, al volver a su pueblo, un especialmente enclenque viajero fanfarronea sobre pretendidas hazañas atléticas realizadas en otros sitios con testigos asimismo foráneos que darían fe de sus proezas. Se jacta de que en Rodas ganó a los mejores saltadores. Bien, le dicen sus paisanos, Hic Rhodus, hic salta*. Es decir: Imagina que esto es Rodas, salta aquí (y ahora).

La oración fue utilizada por Hegel para un juego de palabras: Hier ist die Rose, hier tanze (Aquí está la rosa, baila aquí) con Rhodus (Rodas) y Rhodon (rosa). La filosofía es, para él, la rosa en la cruz del presente. Alude a la idea de Lutero y su rosa (blanca, como en su símbolo con una cruz en este caso encima: la cruz en la rosa) de la conciliación entre inmanencia y trascendencia. Marx, inmanentista acérrimo hizo famosa la sentencia en el capítulo I de su Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte contraponiendo las revoluciones burguesas (la Francesa) a las proletarias y traduciendo curiosamente el Hic Rhodus, hic salta con la rosa luterano-hegeliana.

Corriendo me acuerdo a menudo de la frase y hoy he estado buscando su origen (creo que se nota) pero se me ha olvidado completamente para qué iba a utilizar la moraleja. ¿Para evitar chulearme de algo? ¿De qué narices me iba yo a chulear? Nada. Ni idea.



*δο όδος, δο και πήδημα en su original griego.

Nota: El título de esta entrada no es mío. Es el de un largo reportaje para la revista Harper’s Bazaar donde el escritor estadounidense David Foster Wallace (nombre literario donde los haya) narra un crucero por el Caribe mientras se burla de los viajeros y del propio viaje. Se suicidó a los cuarenta y seis años. Mi edad.















miércoles, 9 de octubre de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. El alma contra Los Tres Supermen en Tokio


8 de octubre de 2013

Salgo. Corro. Vuelvo a casa. Me ducho. Ayer me hice una ampolla con unos zapatos y hoy me levanto la piel con las zapatillas. Duele. Le pongo Betadine. Y una tirita. Mi editor dice que no me saca en su web porque no soy emocionante. Mi mujer dice que escriba de otra cosa porque lo de correr es aburrido. El subdirector del periódico me dice que soy reiterativo y que no aporto… Me parece a mí que hoy todo el mundo está más gracioso que la hostia.











lunes, 7 de octubre de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. Octubre, octubre



2 de octubre de 2013 El camino del camello

Todavía no noto nada. Aunque NO he corrido la mitad de ayer (lo que serían cinco minutos). He corrido EL DOBLE (veinte). Debo mantenerme en estas magnitudes. Porque se me da mal hacer operaciones con números impares.





3 de octubre de 2013 Dame veneno


Iré apuntando mis progresos. Corro lo mismo que ayer. Así que acabo enseguida: ninguno.





4 de octubre de 2013 Alma en suplicio


Quinto día de rutina olímpica. Cierta novedad: ahora en casa a las siete de la tarde rompo a sudar por algún condicionamiento pavloviano. Así que me pongo los leotardos y me voy al río. Luz lavada de lluvia bruta y nubes enormes. Oh, qué hermoso. Lástima que ande uno a carreras.






6 de octubre de 2013 Bella sin alma


“El séptimo día Dios había terminado la obra que hizo, y reposó en el séptimo día de toda la obra que había hecho”.
Gn 2:2

Séptimo día. Domingo. Queda muy bien la cita del Génesis, pero no reposo. Reposé ayer. Porque fui al pueblo. Y porque había fútbol. Hoy corro lo mínimo. Solecito. Me cuesta llegar al río porque hay muchos puestos en el rastro. Sigue sin pasarme nada. Quizá podría intercalar recuerdos de juventud. Lo malo es que no me acuerdo de gran cosa. O poner fotos de mi metamorfosis. Pero como no experimento ninguna pues sería un poco bobada.

Lo siento, señores.

7 de octubre de 2013 La venganza del alma

Continúo con mi experimento de doctor chiflado. Todo doctor chiflado experimenta consigo mismo, claro. Octavo día de renuncia y séptimo de carrerinas. La televisión (yo veo mucho la televisión) me ofrece mensajes contradictorios. Hay varias cosas que ponen a todas horas: reportajes sobre gordos y sus agonías (que ya he superado) o programas de cocina y sus delicias (que no pruebo). Con sus variantes de venta de aparatos para gordos anunciados por nervudos atletas que, evidentemente, no los usan; y de utensilios de cocina que, es curioso, tampoco ves jamás manejar a los cocineros citados. Mejor. Menos cosas que codiciar. En el caso del ejercicio tengo la convicción de que es una pelea que se entabla contra uno mismo y no es necesario adquirir nuevos enemigos. Hago brazos, eso sí, desplazando por casa diversas máquinas gimnásticas de mi mujer, que las tiene todas.
Hoy corro media hora sin mucho esfuerzo. Empiezo y termino con profesores chalados: el Dr. Frank N. Furter. “In just seven days…”









miércoles, 2 de octubre de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. Rerum novarum



1 de octubre de 2013



Es difícil estar satisfecho en un entorno que aplaude, estimula y premia la insatisfacción. No conocemos otra realidad. Hemos cambiado la curiosidad por el deseo incesante. Me temo incluso que confundimos ambas cosas. En una sociedad civilizada naceríamos con todas las necesidades y hasta caprichos cubiertos y se nos alentaría a buscar la felicidad pretendiendo (y poseyendo) cada vez menos cosas (y personas). Se pondría como ejemplo al que no necesitara nada o muy poco. El hombre modélico sería quien ya no apeteciese de más bienes ni atenciones, el que fuera dichoso con lo que (no) atesorara. En nuestra cultura ocurre exactamente al revés: desde niños se nos dice que hay que ansiar (y obtener) objetos y haciendas y súbditos. Que es lo normal. Que la tranquilidad con lo que uno tiene o perseguir cada vez menos indica debilidad de carácter. Que estar de buen humor es lo que menos importa. Las conductas a imitar son las codiciosas y depredadoras (véanse los bichos que salen en periódicos, televisiones o libros de historia) a pesar de saberse que nada tienen que ver con la ventura; que la impiden de hecho. La ambición aquí y ahora es una virtud. No debería.

Leo que uno de los signos de hacerse uno adulto es que se tarda mucho más en perder peso. Cierto. Lo peor son estas primeras jornadas (siempre estoy en estas primeras jornadas), en las que no se ve ningún avance. Luego… ninguna mejoría parece suficiente. Lo que largué en el párrafo anterior.

Leo también que otro signo de hacerse mayor es la progresiva incapacidad de dormir toda la mañana de un domingo. Cuando bebes y te atiborras le pides prestado a tu cuerpo y al tiempo los placeres del día siguiente. En cambio cuando haces ejercicio y te portas de forma contrita y morigerada el equilibrio o el oxígeno futuro te está extendiendo un cheque. Tardas en cobrarlo. Cada vez más. En mi caso, por lo menos quince días.

Corro la mitad que ayer. Si persevero en estos paradójicos avances negativos igual logro retroceder en el tiempo y podré advertir a la gente del pasado de cómo algunas personas no tienen intención de cumplir sus promesas electorales.

Quizá debería contar más bien anécdotas. A la gente le gustan las anécdotas.








lunes, 30 de septiembre de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. De complementos predicativos



30 de septiembre de 2013


¿Qué separa a un despreocupado y noctámbulo juerguista de un resacoso imbécil? o ¿qué diferencia a un joven tarambana de un señor alcohólico de mediana edad?

El tiempo, por supuesto. Aunque también el dinero. Pero, sobre todo, el hábito. Y no me refiero a la ropa: toda esta gente que cito lleva chándal. Para mí un hábito (saludable) es ejecutar alguna actividad que no me guste nada (correr, comer sin grasas ni azúcares…) a diario. Una cosa desagradable que se lleve a cabo una vez al mes no es un hábito: es una menstruación.

Corro veinte debiluchos minutos y empiezo otro (creo que es el trigésimo octavo) periodo o ciclo depurativo. Empieza octubre. Los días se agachan. Es hora de recobrar otoñales rutinas. ¿Lograré mañana doblar mi marca de hoy? Véase la respuesta en la nota.*

*No.







lunes, 16 de septiembre de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. Las personas del verbo


16 de septiembre de 2013

Leo en Las restricciones aspectuales de las construcciones pasivas perifrásticas de Armando Mora-Bustos:


“...la perfectividad se tipifica a partir de la flexión morfológica del verbo, esto es, el presente, el copretérito, el futuro, el pos-pretérito y el antepresente son tiempos imperfectivos que expresan un sentido de no acabado; mientras que el pretérito, el antecopretérito, antefuturo y el antepospretérito son tiempos que tienen un sentido de acabado o perfectivo”.

También afirma Álex Grijelmo:

“…podemos apreciar […] que los verbos incoativos reflejan el comienzo de una acción (“partiré mañana”), los durativos implican que la acción permanece una vez iniciada (“viene hacia acá”), los iterativos muestran una acción repetida (“martilleó durante una hora”), los semelfactivos* se reúnen como verbos de una sola acción (“encontré un anillo”), los desinentes muestran algo que solo ocurre una vez (“nací en febrero”) y los permanentes carecen de principio o final (“el oro brilla”).”

¿A qué viene esta exhibición de taxonomías francamente soporiferas? Pues a que trato de encajar mi yo corro en alguna de las categorías precedentes llegando a la conclusión de que mi cadencia de salidas es, en el mejor de los casos, imperfectiva; y su ejecución, iterativa, se torna a menudo en semelfactiva e incluso llega a ser desinente. Que debería correr con mayor frecuencia, vaya.

No llegué a los veinte minutos pero, en mi descargo, debo decir que salí muy nervioso. Parece que vuelvo a tener un trabajo (más o menos) remunerado. Mañana veré con mayor claridad su oportunidad o beneficio. Ahora mismo, en esta calurosa noche de septiembre coincido con lo que la Sally Brown de Charles Schulz (es la última cita, se lo juro) escribía en una redacción:

“Por el día uno ve por donde anda. Por la noche uno se acuesta y se preocupa”.


*semelfactivo (semel en latín: por una vez)



jueves, 12 de septiembre de 2013

La obligada compañia del corredor en círculos. El indeseado efecto lupa


12 de septiembre de 2013

Hoy en la ciudad no sólo corro sino que hago recados mientras. Como un nuevo chasqui transporto información y materiales río arriba y abajo y hablo con las personas por las aceras. Como un chasqui o como las personas de los pueblos que andan en bicicleta muy lentamente.



domingo, 8 de septiembre de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. Full Metal Wanker



7 de septiembre





Gunnery Sergeant Hartman:[ singing] Up in the morning to the rising sun!
Recruits: [singing] Up in the morning to the rising sun!
Gunnery Sergeant Hartman: [singing] Gotta run all day... till the running's done!
Recruits: [singing] Gotta run all day... till the running's done!*


Tampoco es eso. Ya hice bastante mili. Pero si un día corro un rato y otro estoy once horas bebiendo, no vamos a ningún sitio.


*”Me levanto por la mañana con el sol / corro todo el día hasta que se acaba el correr”. En inglés, como ven, rima.




jueves, 5 de septiembre de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. En casa



5 de septiembre de 2013


Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, decía Aristóteles, que era repetidamente excelente, no es un solo acto sino un hábito. Yo mismo he hecho cosas bien muchas veces, incluso a diario (aunque, desde luego, correr no es una de ellas).


El que intenta conseguir un gran logro de una sola vez
, afirmaba asimismo Samuel Johnson, lo más posible es que no consiga nada en absoluto.

¿Por qué reproduzco estas motivantes máximas? ¿Para convertir mis escritos en lucrativas pamplinas de autoayuda? Debería. Autoayuda. Qué término tan gracioso. Ya que me autohablo, me autoanimo. Además mi mujer se fue de viaje y me ha traído de regalo otros leotardos. Así que salgo a correr. Ya en León. Pues así siempre. Venga. Un pie detrás del otro, me autodigo. Durante quince minutos. El viaje más largo empieza por un solo paso. Ya. También el más corto.

Un libro de autoayuda normal escrito por el Anticristo (o por Ron Swanson) en persona. Pues no vendió nada. Se fue enfadadísimo.






miércoles, 4 de septiembre de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. Les vacances de Monsieur Rodera



1 de septiembre de 2013

Me levanto a las ocho y media y salgo a correr por el campo (todavía estoy en el campo). No me había levantado a las ocho y media un domingo desde hace… nunca. Para restablecer cierto equilibrio gárrulo (de facundo o parlanchín) tras la paz silvestre voy a Gradefes a ver fútbol matinal. Estrépito de bar. Balones a la olla, taruguez, Iker en el banquillo, se va Özil…. Bertolucci se encontró a Brando. Ancelotti se encontró a Zidane. Y los dos creen (o les hacen creer) que el mérito es suyo. Ah, corro lo mismo que hace dos días. Mmmm. Sí. No me gusta Ancelotti.


Beatus ille, el campo deleitoso, la paz de estos desiertos… El agro no es… romántico. El esplendor en la hierba y la gloria en las flores me traen sin querer a la cabeza olor a estiércol, excoriaciones en los dedos, avispas y dolor de lomo. Cuando oigo lo de la tierra roja de Tara que le dicen el padre y Ashley Wilkes a Katie Escarlata no pienso en la fuerza que le suministra o las dudosas raíces morales de que la provee. Ahora malicio que la tierra roja de Tara es con seguridad ligeramente ácida con un ph de siete o algo menos y de arcillas, propicias para retener agua (y que mantienen la humedad todo el ciclo del algodón*), ricas en hierro.


*Y de los esclavos y de la arrogancia.







La obligada compañía del corredor en círculos. Come prima



30 de agosto de 2013



Tras dos meses de sofocante holganza a la retestera intentando convertir las ingratas calvas de Pequeña Reata (véase Villahibiera, véase Villa Modorra, véase Canal Bajo de Payuelos Fase I) en oxonienses verduras o, al menos, en praderas similares a las de los Campos de Sport del Sardinero (sin conseguirlo), vuelvo a correr. Oh, oh. Recupero las sensaciones primeras del año pasado: quince minutos estrictos, bojas y fatiga seguida de injustificada euforia.
En el campestre cruce hacia Herreros me aproximo en lento (por el suspense y porque corro muy despacito) travelling a un solitario (y misterioso) coche aparcado. Nadie al volante. Nadie alrededor. Si la vida fuera un telefilm dentro debería haber un cadáver. En la primera escena de este tipo de productos un despreocupado deportista siempre encuentra un cuerpo muerto (o fiambre, según la jerga que los polizontes, o sabuesos, usarán después). Evidentemente el coche está vacío y su conductor supongo que andará un poco más arriba abriendo el hidrante para regar la remolacha. Pero, al no ocurrir nada (en mi vida), pues me invento películas.


jueves, 22 de agosto de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. La magnitud de la catástrofe



12 de agosto de 2013



Ya he enseñado cómo funciona la comedia (jo, jo) y de lo que tratan los libros (demostrar que el autor es más listo que los demás). Hoy me toca explicar el único tema de la ficción: un personaje describe o se enfrenta a su propio mundo que se desmorona (o cambia de cualquier modo) a su alrededor. Se da cuenta de que su percepción está equivocada, de que nada de lo que era seguro existe, de que lo impensable ha ocurrido. Esta constatación puede ser más o menos trágica; al igual que la reacción del personaje (Dostoievski, Victor Hugo, Stan Lee…). A veces incluso para él (o ella) solamente sentir o percibir es ya horrendo (Camus, Beckett, Jim Henson…). Es decir: la literatura sólo trata de la mudanza (a peor).

Me subo a estos pedestales porque, justo en el momento (lo juro) en que estaba considerando volver a correr a pesar del calor y de la jeta que le estoy echando este verano, tropiezo con una pesada tumbona y me abro la uña del dedo gordo del pie derecho, que se queda levantada noventa grados: como el capó de un coche. Imagen que me perseguirá durante mucho tiempo y que atesoraré con otros recuerdos espantosos: cuando se me salió la cabeza del húmero de su hueco (su hueco es la cavidad glenoidea de la escápula), la vez que me serraron una muela después de sajarme las encías o la ocasión en que me hicieron una biopsia en la punta de la polla. Esta última y grimosa catástrofe, similar tanto en su localización anatómica como en lo campestre y estival a la lesión de Sebastian Flyte* aunque mucho menos aristocrática, me mantiene, claro, lejos de los caminos de la concentración parcelaria y de los de la ampliación del Canal Bajo de Payuelos (en su fase I) que todavía no he hollado ni un solo día. Ahora excusa tengo. ¿O hace falta que ponga foto?


*Believe it or not, playing croquet. He lost his temper and tripped over a hoop. Not a very honourable scar.





jueves, 1 de agosto de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. Put me in the water



26 de julio de 2013



Las vidas americanas no tienen segundo acto, decía Scott Fitzgerald*. Las españolas, sí. La mía, por ejemplo. Soy el segundo acto de las Fiestas de Gradefes.

Aún no corro. Pero sueño con correr. Igual vale. Según los aborígenes australianos (un día contaré lo que creen los aborígenes australianos) es lo mismo.

*"There are no second acts in American lives."
F. Scott. Fitzgerald. Notes from his unfinished novel The Last Tycoon



En el aula del río. El río. Cómo no.










La obligada compañía del corredor en círculos. Los mejores años de nuestra vida



23 de julio de 2013


Sigo en el campo (véase Pequeña Reata, Villahibiera, Villa Modorra y Canal Bajo de Payuelos fase I) ordenando pastos y ni corro ni escribo. Ni siquiera leo mucho. Me separo de gimnasias y literaturas con gran facilidad ya que mi trato con ambas disciplinas siempre ha sido superficial e irrespetuoso y no siento ninguna melancolía alejado tanto de las pistas de macadán como de la lectura o la escritura. Así me evito agredir personalmente al melifluo escribidor (aficionado o profesional) de manina en moflete que se sienta obligado a infligirme el enésimo artículo veraniego (o navideño, o primaveral) El aroma de los libros y anote cómo baraja volúmenes y referencias y describa cómo departe con su dispensador de tomos y la manera en que el olor de éstos (que ama sobre todas las cosas) invariablemente le evoca cualquier pendejada. Los libros viejos huelen a lignina con porquería y los nuevos a benceno. Ya está.

Volveré, de todos modos, a correr. Lo sé. Pero no me impongo fechas ni plazos. ¿He alcanzado la calmosa paciencia del hombre de campo? Ayer noté un cambio en mi carácter. Al serme prometidos cuatro nogales para mi casa solariega (la digo solariega por su notable parecido con un solar) se me urgió para que excavase de inmediato cuatro agujeros que alojasen dichos árboles. El antiguo Rodera hubiera corrido con la relampagueante velocidad del periodista de entrega diaria y empuñado vertiginoso pico y azadín para que las juglandáceas tuvieran hoyo y alojamiento antes de que terminasen de serme ofrecidas. Mas no, pensé con imperturbabilidad sufí, estoicismo grecolatino, paz zen, armonía védica y budista desapego: me voy a poner a cavar ahora por los cojones.

¿He alcanzado pues la sentenciosa e indiferente sabiduría del ser agrícola, con su  comprensión de los transcursos y la percepción de las estaciones? ¿O confundo este manso y apacible don con la sencilla, con la humilde y doméstica resignación?

El calor, atributo de Lucifer, donde todo se funde y se soba es un territorio de espejos o espejismos así que también puede ser, claro, que me esté convirtiendo en un redomado vago.



sábado, 6 de julio de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. Beatus ille o I fought the lawn (and the lawn won)



6 de julio de 2013


Vuelvo a vivir temporalmente con el sauce llorón más valeroso del mundo y mis cipreses, surtidores de poca sombra y mucho sueño. Y no corro nada porque estoy ejecutando cosas campestres. Y porque hace mucho calor. Y porque me lacero las extremidades inferiores con ingratos trabajos de mantenimiento y por el cambio del ejercicio monótono y muelle con zapatillas buenas (dotadas de enormes y caras amortiguaciones) a retorcidos deberes con innobles chancletas incluso de dedo. Hasta tres pares de sandalias han masticado primero la orografía ora empapada ora agreste del pegujal y luego (y con mayor ferocidad) mis delicados pies. También me hago heridas en manos y brazos, pero no me valen como excusa para no salir a dar brincos. Que me canso y me hago ampollas y abrasiones, oigan; me habían entendido desde el principio. No ignoro que me esperan los balastos de la fase I del Canal Bajo de Payuelos. Y los extenuaré en cuanto acabe de cortar el seto. Ya he rapado dieciocho metros. Sólo me quedan cuarenta y dos.

Este año no trato (mucho) con técnicos de neveras, motores y aires acondicionados y sí con… herreros. Dos. Dos herreros. Ante la enorme tarea de soldar una bisagra y conociendo la fragilidad de las operarias promesas que me han roto el corazón con anterioridad, como un nuevo Marte contacto astutamente y sin decirles nada con ambos expertos… ¡a la vez! ¡Mu ha ha ha ha!

En sus vulcánicas fraguas, curiosamente, no se oye el fragor del martillo sobre el yunque y sí el cloqueo de sus gordas gallinas. De hecho varias veces sólo se oye eso porque ellos no están. El ganador cuando va a casa me aconseja que ponga yo también gallinero. Que sitio tengo. Le digo que en Hefesto. Pero creo que no me pilla el chiste.





viernes, 28 de junio de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. El problema español


27 de junio de 2013


La mejor (y única) parte buena de estos viacrucis es la de regresar a casa, extenuado pero satisfecho, con muy reposado continente. Por el camino de vuelta más corto atravieso la Avenida de la Facultad justo a la altura de un kiosco de prensa que exhibe docenas de periódicos y revistas. Carne cruda. Algunas chavalas pero (¡ah!) también gran cantidad de hombres enseñando tabletita en publicaciones con títulos como Men’s Heat, Sports Ahoy! o Muscle Tov. Incluso hay dos revistas de cine que sacan precisamente a Superman y Lobezno, criaturas con un porcentaje diríase negativo de grasa corporal. Trato de buscar algún ser de mi mismo reino, orden y especie con el que identificarme hasta que mis ojos reposan sobre la portada de Historias de la Historia, que lleva la pícnica y tranquilizadora estampa de don Manuel Azaña. Dios es grande en el Sinaí (ya, ya sé que eso no es de Azaña, sino de Castelar). Menos mal.






miércoles, 26 de junio de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. Streakin' politely


26 de junio de 2013


Hoy quizá me dejé llevar por la euforia de las Fiestas de San Juan y San Pedro que chamuscan León levemente estos días y cuyo singular programa (supongo) ha centrifugado a la gente a otras zonas de la ciudad. Así que, aprovechando que en algunas partes de la orilla del río no había personas en absoluto y hacía muy bueno, estuve corriendo un rato sin camiseta. Aunque resulta muy… refrescante (perdón) anduve pendiente como si tuviera puestas las largas.
















martes, 25 de junio de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. Nuevas aventuras concéntricas



25 de junio de 2013



Después de catorce gandules días saturados de etanol vuelvo a bajar a la orilla del Bernesga. Ejecuto (sorprendentemente) mi suelo: veinte minutos. Persigo (pretendo, quiero, suspiro por o aspiro a) hacer media hora de ejercicio todos los días. Todos. No es nada. Es media hora. Tengo libres dieciséis. Media hora. ¿Eh? Venga. Treinta minutos. Vamos. Eeeeh… Sí.

Se presenta el libro La obligada compañía del corredor en círculos en mi no demasiado romanizada ciudad. Me someto a diversos guiñoles y obedezco algún cuestionario. Si hace dos entradas hablaba de la imposibilidad del movimiento de los objetos hablaré ahora de la imposibilidad de la comunicación entre ellos. Durante varios días seguidos digo cosas más o menos razonables que se convierten por algún motivo en tonterías directamente navegables según se reproducen. La pregunta más repetida es ‘por qué corres’. No les parece válido mi intento de respuesta en doscientas páginas y parecen querer abrochar alguna idea de dos líneas. Me parece normal. Los periódicos tienen muchísimas páginas y las radios y televisiones retransmiten todas las horas. En el futuro todos seremos trending topic durante un minuto.

Hablar de correr es casi tan aburrido como hacerlo. Si eres perseverante u obstinado o no tienes nada más que hacer o te posee ese afán… pues primero corres despacio un poco y luego corres más deprisa más tiempo. Eso es todo. Fin. Kaputt. The End. Koniec. Fine. Game over. Me resulta absolutamente imposible desarrollar un discurso más complejo sobre el tema. Los gimnastas que tratan estos temas (y baten los caminos) durante horas me tratan ora con paternalismo ora con desconfianza. Mi indiferencia les parece una agresión. La prensa (nunca la llaman crítica) deportiva es muy violenta y el sentido del humor les parece una imperdonable falta de respeto.

Después de estos malentendidos trato de hablar del género ensayístico o de literatura… con el mismo éxito. En total: al no encajar en ningún mundo, continúo sin pandilla. Puede parecer halagador que le hagan casito a uno un rato pero se pasa enseguida cuando se ha de contestar en serio a cuánto hay de autobiográfico en un diario.





El acto. Léase con la nasal voz de el NO-DO: "En el leonesísimo e incomparable marco del Palacio de Gaviria y ante una sala abarrotada tuvo lugar la literaria puesta de largo..." El señor que está hablando es el admirable Luis Grau, presentador de la cosa y de mí mismo, al que me une una amistad normal. Director del Museo de León, sabio en muchas disciplinas, ágil de sus miembros, esforzado como un extremo izquierdo, paciente como un capuchino y poseedor de diversos humores, todos buenos. Digo todo esto porque es verdad y porque se me olvidó mencionarlo en el teatrillo. L'esprit de l'escalier de Diderot, ya saben.



martes, 11 de junio de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. Gótico flamígero


11 de junio de 2013



En una salida lluviosa se me ocurrió que los diarios tristones deberían tener las letras emborronadas. Con tipos de tinta china lacrimeante, corrida y vertical. Sería una aplicación terrible para las niñas dismenoheridas. Seguro que está inventado (curiosamente inventar y venta tienen raíces diferentes). Claro que, por la misma lógica, las notas de días como hoy, de verano mordisqueante y juguetón, deberían consignarse con gordas letras redondas de color calabaza. Olvídenlo. Es una idea horrible.












lunes, 10 de junio de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. Un flecha en un campamento



10 de junio de 2013


Los pensamientos del corredor en círculos tienden a ser circulares y en pensamiento nada hay más circular que una paradoja. Una de las paradojas o aporías de Zenón de Elea (en teoría planteó unas cuarenta, de las que Aristóteles glosa nueve o diez, cuatro de ellas sobre el movimiento) es la célebre de Aquiles y la tortuga en la que pone en duda, si no la existencia misma del movimiento sí su inteligibilidad o comprensión.



En realidad viene a ser la misma paradoja de la dicotomía o bipartición de las distancias pero (¡ah!) dotada (como dice Jorge Luis Borges) de un héroe y de una tortuga. Borges llega a afirmar en su Avatares de la tortuga que “a esos competidores mágicos (junto con la sencilla serie matemática de fracciones) debe el argumento su difusión”. Yo también lo creo. La idea en realidad más que paradójica es pueril: si las distancias se pueden partir infinitamente, el tiempo y energía que las recorra debe ser asimismo infinito, lo que imposibilitaría cualquier progresión. Antes de recorrer uno debo recorrer medio, antes de ese medio la mitad; antes, la mitad de esa mitad… Así, el pélida de los pies ligeros nunca podrá ni siquiera empezar a desgastar la ventaja concedida al galápago.

Borges escribe también que le “gustaría conocer el nombre del poeta que la dotó (a la paradoja) de un héroe y de una tortuga”. Bien. Pues el poeta puede ser el mismo Zenón. O Aristóteles, que lo reproduce. O, prosiguiendo con el argumento lenticular, Parménides: inventor primero de todas las paradojas que Zenón se limita a volver a plantear (y que Aristóteles repite y que Borges se complace en y que yo aquí ahora…).


¿Puede existir el movimiento? Y si existe ¿podemos colegirlo? Me empeño en refutar a Heráclito* bajando cada dos por tres al mismo río. Y a Zenón, no alcanzando jamás a la tortuga… ¡sin haberle concedido ninguna ventaja!

*
ποταμοῖς τοῖς αὐτοῖς ἐμβαίνομεν τε καὶ οὐκ ἐμβαίνομεν, εἶμεν τε καὶ οὐκ εἶμεν τε
En los mismos ríos entramos y
[en los mismos ríos] no entramos; somos y no somos [los mismos].



La paradoja de la flecha detenida o en reposo en un periodo de tiempo. Pero con un avión en vez de una flecha. Y con un pulpo gigante.






¡Ya a la venta el libro con los hilarantes primeros trece meses de mis hazañas! ¡Oh! ¡Oh!
A la venta (entre otros sitios) en Amazon y tal:
http://www.amazon.es/obligada-compa%C3%B1%C3%ADa-del-corredor-c%C3%ADrculos/dp/8494123408/ref=sr_1_9?ie=UTF8&qid=1370892170&sr=8-9&keywords=rodera












martes, 4 de junio de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. Las edades de la arena



4 de junio de 2013



Veintipico grados. Solecito. Velocidad media del viento: poca o ninguna. Bolas de polen e insectos consumidos: ciento cincuenta gramos. Paisanas enjutas que se ponen en el medio de cruces o vías: muchas. Circunscritas a las aceras de los supermercados durante el invierno, pululan y entorpecen entradas, salidas y pasarelas de todas partes durante el verano. El amoniaco que parece constituir su sistema sanguíneo (y la base de su dieta) debe de hacerles creer que son invulnerables al impacto con un sudoroso fulano de noventa kilos (siempre peso noventa kilos; igual los números de la báscula son una calcomanía) vestido enteramente de negro, cara de mal humor y una velocidad de crucero suficiente como para hacerlas volar (a ellas y a su puto cigarrillo Fortuna) hasta el segundo carril de la Carretera de Valladolid. ¿¡¡Es que no me ve, señora?!!


domingo, 2 de junio de 2013

La obligada compañía del corredor en círculos. La risa de Baco o Mi gran boda armenia



2 de junio de 2013

Los griegos clásicos se tomaban muy en serio el deporte. Como dirían Les Luthiers: "entre los griegos el deporte y el espectáculo no eran menos importantes que el estudio. Eran más importantes". Platón llega incluso a denunciar con virulencia los competitivos excesos y seguimientos de tanto brinco y tanta flexión, aunque Sócrates sigue haciendo sus tablas de gimnasia hasta el día de su muerte (según cuenta Jenofonte en El banquete).

En Las ranas, el cómico Aristófanes describe dos nostalgias: la de que ya no hay autores buenos (sentimiento que comparto) y que los deportistas tampoco son lo que eran. El dios Baco (o Dioniso) se ve obligado a bajar al infierno (el Hades) a buscar a Esquilo o a Eurípides (que había muerto hacía poco) para que escriban obras en su honor, ya que los dramaturgos vivos parecen ser una chufa. No vamos a entrar en por qué poetas tan buenos estaban en el infierno pero, a lo que íbamos: lo de los deportistas. Dioniso (o Baco) se burla de los atletas contemporáneos de Aristófanes con estas palabras:

"…por poco me muero de risa en las Panateneas (Juegos similares en prestigio y popularidad a los Olímpicos), cuando vi a un hombre pesado que corría encorvado, pálido, gordo, quedándose rezagado y haciendo terribles esfuerzos".

Que sirva este párrafo como mi justificación para no concurrir a los múltiples certámenes que se desarrollan a diario en todas partes: no quiero que el borrachín de Baco, dos mil cuatrocientos dieciocho años después de reírse de ese gordo concreto, se ría ahora de mí.

¿A qué viene todo esto? A que me siento (ut supra semper la burra al trigo) culpable. Siete días sin correr. Semana en blanco respecto no sólo a eso sino a absolutamente todo lo demás rematada por una emblemática boda familiar en León (en San Marcos: no me alejo jamás de la orilla del río). Emblemática y españolísima porque la novia trabaja en Moncloa y el novio más allá de la Península de Anatolia. Por algún motivo (que no me explico) esta ceremonia y sus fastos me dejan aún más triste de lo que me encontraba, así que hoy salgo con la intención de restablecer algún equilibrio químico perdido, alejar esta abrumadora e injustificada melancolía y afilar un poco la chivata cara de rata gorda que se me pone enseguida. En lo que me descuido.