21 de septiembre de 2016
Me ha llevado tres décadas elaborar un sencillo juicio sintético a posteriori.
No, no se vayan. El juicio sintético a posteriori es que los depresivos
deprimen. Es sintético porque 1) no es analítico y 2) el concepto predicado no
se incluye en el concepto sujeto; y es a posteriori porque 1) se basa en la
experiencia, 2) es particular y contingente, 3) proporciona información nueva,
y 4) es informativo más que explicativo. Y es un juicio porque… es un juicio. Les
he vuelto a perder. A ver, estas persecuciones de excitaciones neuropéptidas a
través del ejercicio chocan frontalmente con mi Weltanschauung pasota. Si tienen ustedes más de cuarenta años no
necesitarán traducción de estos dos términos. También les ahorraré lo que constituía
la Anschauung —como intuición o
percepción interna o externa— para Kant. Anda que no soy majo.
En mi época de formación la conducta deseable, la traducción local de lo
búdico-jainista y el canon para la vida apacible, la búsqueda de la felicidad y hasta la obtención y disfrute del amor físico fue el pasotismo. Esta modalidad de laissez-faire —tan
garrulo como la sociedad y país de la época— prohibía contemporizar con ningún tipo de mejora —y hasta de higiene—. Que
algo —o alguien— te importara de algún modo se consideraba un error
violentamente burgués. Las drogas, claro, eran el alcohol, la marihuana y la heroína. Aunque
no sabíamos qué nos había herido, antes de darnos cuenta necesitábamos muchos
analgésicos. No quiero hablar por mi estúpida generación que, aparte de ver la
televisión, tardar muchísimo en acabar Derecho y tener hijos y más hijos, ha
permanecido al margen del relato de los dos últimos siglos, pero era lo que
había. En total: los depresores impiden que los imprevisibles transmisores
neuronales actúen. Decidir que esto sea bueno, malo, conveniente o
inconveniente es lo que me tiene dando tumbos sin ton ni son desde hace una
semana.
viernes, 23 de septiembre de 2016
martes, 20 de septiembre de 2016
La obligada compañía del corredor en círculos. Luces en la hierba
20 de septiembre de
2016
Bien. Quería correr
una hora y lo he conseguido. Me ha llevado tres días —veinte minutos cada jornada—pero, como dice el doctor
Johnson: el que trata de obtener un gran logro de una sola vez es muy posible
que no consiga nada en absoluto. O algo así. También dice que lo que se escribe
sin esfuerzo, se lee sin placer. Como citar no requiere ningún esfuerzo,
supongo que las citas tampoco proporcionan ningún gozo ni deleite. Ni siquiera
las suyas. ¿Ahora qué hacemos, doctor?
Septiembre se está
convirtiendo en un mes muy civilizado. El clima es suave, la luz no es tan salvaje
y las horas son todavía horizontales. En el medio del río —el torturado Bernesga— veo, de pie, una perpendicular grulla. Dichoso
vaticinio. Todo saldrá bien. Venga. ¿Por qué no?
lunes, 19 de septiembre de 2016
La obligada compañía del corredor en círculos. Acedia o Drink is bad, feelings are worst
19 de septiembre de 2016
Como he hecho exactamente lo mismo que ayer —y en el mismo tiempo— Vuelvo a la acedia —o acedía—. El demonio meridiano. El peor de los espíritus. Del griego akedia ἀκηδία, negligencia. Me parece acertadísimo considerar la tristeza como negligencia*. De hecho es la tesis —y la hipótesis y la síntesis— de estas tontas notas. Aislar o diagnosticar este mal no arregla nada, claro. De hecho vuelve a echar la culpa sobre el triste. Por llorón.
Como he hecho exactamente lo mismo que ayer —y en el mismo tiempo— Vuelvo a la acedia —o acedía—. El demonio meridiano. El peor de los espíritus. Del griego akedia ἀκηδία, negligencia. Me parece acertadísimo considerar la tristeza como negligencia*. De hecho es la tesis —y la hipótesis y la síntesis— de estas tontas notas. Aislar o diagnosticar este mal no arregla nada, claro. De hecho vuelve a echar la culpa sobre el triste. Por llorón.
El que sabe
de esto, el jicho, repito, es el tío Evagrio. No suelo hacerlo, pero voy a
dejarle hablar. Quitando las mierdas de Dios y los rezos y tal, tiene más razón
—ji, ji— que un santo:
6.La acedia
6.La acedia
Capítulo XIII
La acedia es la debilidad del alma que irrumpe cuando no se
vive según la naturaleza ni se enfrenta noblemente la tentación. En efecto, la
tentación es para un alma noble lo que el alimento es para un cuerpo vigoroso.
El viento del norte nutre los brotes y las tentaciones
consolidan la firmeza del alma.
La nube pobre de agua es alejada por el viento como la mente
que no tiene perseverancia del espíritu de la acedia.
El rocío primaveral incrementa el fruto del campo y la
palabra espiritual exalta la firmeza del alma.
El flujo de la acedia arroja al monje de su morada, mientras
que aquel que es perseverante está siempre tranquilo.
El acidioso aduce como pretexto la visita a los enfermos [para
abandonar la celda], cosa que garantiza su propio objetivo.
El monje acidioso es rápido en terminar su oficio y considera
un precepto su propia satisfacción; la planta débil es doblada por una leve
brisa e imaginar la salida distrae al acedioso.
Un árbol bien plantado no es sacudido por la violencia de los
vientos y la acedia no doblega al alma bien apuntalada.
El monje giróvago, como seca brizna de la soledad, está poco
tranquilo, y sin quererlo, es suspendido acá y allá cada cierto tiempo.
Un árbol transplantado no fructifica y el monje vagabundo no
da fruto de virtud. El enfermo no se satisface con un solo alimento y el monje
acidioso no lo es de una sola ocupación.
No basta una sola mujer para satisfacer al voluptuoso y no
basta una sola celda para el acidioso.
Capítulo XIV
El ojo del acidioso se fija en las ventanas continuamente y
su mente imagina que llegan visitas: la puerta gira y éste salta fuera, escucha
una voz y se asoma por la ventana y no se aleja de allí hasta que, sentado, se
entumece.
Cuando lee, el acidioso bosteza mucho, se deja llevar
fácilmente por el sueño, se refriega los ojos, se estira y, quitando la mirada
del libro, la fija en la pared y, vuelto de nuevo a leer un poco, repitiendo el
final de la palabra se fatiga inútilmente, cuenta las páginas, calcula los
párrafos, desprecia las letras y los ornamentos y finalmente, cerrando el
libro, lo pone debajo de la cabeza y cae en un sueño no muy profundo, y luego,
poco después, el hambre le despierta el alma con sus preocupaciones.
El monje acidioso es flojo para la oración y ciertamente
jamás pronunciará las palabras de la oración; como efectivamente el enfermo
jamás llega a cargar un peso excesivo así también el acidioso seguramente no se
ocupará con diligencia de los deberes hacia Dios: a uno le falta,
efectivamente, la fuerza física, el otro extraña el vigor del alma.
La paciencia, el hacer todo con mucha constancia y el temor
de Dios curan la acedia.
Dispón para ti mismo una justa medida en cada actividad y no
desistas antes de haberla concluido, y reza prudentemente y con fuerza y el
espíritu de la acedia huirá de ti.
Hago el
terrible descubrimiento de que la bebida —y el sueño— no espantan el odio ni el
afecto, sólo los baten y hacen rebotar contra el cráneo como un salvapantallas
de los noventa. Si funcionasen —y eliminasen para siempre estas ansias— iba a
dejar de beber su puta madre. A ver si con las carrerinas…
*Walter Benjamin in his study The Origin of German Tragic Drama describes acedia as an indolence of the heart that affects great men. A moral failing, a somber feature in baroque tragic heroes, as Hamlet.
*Walter Benjamin in his study The Origin of German Tragic Drama describes acedia as an indolence of the heart that affects great men. A moral failing, a somber feature in baroque tragic heroes, as Hamlet.
La obligada compañía del corredor en círculos. Esse est percipi o el demonio del mediodía
18 de
septiembre de 2016
Durante todo un verano mi padre trabajó para el catastro en un pueblo de León llamado Sueros de Cepeda. Mi madre, mi hermano y yo le esperábamos en una infecta pensión con bar de por allí. Yo era muy pequeño y me pasé todas esas jornadas metiendo moscas debajo de chapas de refrescos. Acercabas despacio la chapa hasta la mosca y ¡zas!, la dejabas debajo. Así, hasta que llenabas la mesa de chapas. Luego, ibas a otra mesa con igual o más mierda y repetías el procedimiento. Cada día mi hermano y yo batíamos nuestro récord. Esta asquerosa crónica o narración se podría titular: EL MEJOR VERANO DE MI VIDA. No creo haber vuelto a ser tan feliz.
Durante todo un verano mi padre trabajó para el catastro en un pueblo de León llamado Sueros de Cepeda. Mi madre, mi hermano y yo le esperábamos en una infecta pensión con bar de por allí. Yo era muy pequeño y me pasé todas esas jornadas metiendo moscas debajo de chapas de refrescos. Acercabas despacio la chapa hasta la mosca y ¡zas!, la dejabas debajo. Así, hasta que llenabas la mesa de chapas. Luego, ibas a otra mesa con igual o más mierda y repetías el procedimiento. Cada día mi hermano y yo batíamos nuestro récord. Esta asquerosa crónica o narración se podría titular: EL MEJOR VERANO DE MI VIDA. No creo haber vuelto a ser tan feliz.
Regreso a
León después de tres meses en la dacha gritando en silencio, inmóvil, vívidamente
deslumbrado, recibiendo* a las personas como espectros del mediodía, demonios
meridianos*. Con la seguridad de que ellos tampoco me perciben. Es
inevitable que a don Quijote le derrote el Caballero de los Espejos —con otro
nombre igualmente cegador—. Incapaz de comunicarme y con los iris obturados por
el paisaje acabo harto de agro y me desespero y aburro tanto que vuelvo a la
ciudad y acepto hasta una invitación para ir al cabaret. Ayer estuve en una
inauguración de arte contemporáneo. Acudiría igualmente a un incendio o a un
accidente de coche. Iría incluso a una rueda de prensa. Estoy tan tenso que hoy…
salgo a correr.
*Se me
comenta cuando voy a la ciudad que he recibido
mucho. En efecto, me dan por el culo (por este orden) el cortacésped, el
cortasetos, el lavavajillas y la desbrozadora. Jackpot con bola extra de
averías simbólicas: no se me permite actuar sobre las cosas o se me permite,
pero con gran dificultad.
*Evagrio
Póntico (344-359) el solitario, inventor de los ocho pecados capitales (eran
ocho, dos de ellos relacionados con la tristeza) escribió en su Antirrhetikos (Άντιρρητικός) que,
de los espíritus malos, el meridiano era el más pesado de todos, acechando al
monje desde la hora cuarta (las diez) hasta la octava (las catorce) haciéndole
ver que el sol se movía lentamente, que el día no acababa e impeliéndole a
salir de su celda persiguiendo la nona (las quince: la de la comida principal).
Este demonio diurno molestaba de forma especial a Evagrio porque hacía renegar
al religioso del trabajo manual y le inculcaba dudas sobre si existía la
caridad. También tiene que ver con el mediodía de la vida.
jueves, 12 de mayo de 2016
La obligada compañía del corredor en círculos. Aires de fiesta
11 de mayo
de 2016
La grasa —como
casi todo— se compone de carbono, hidrógeno y oxígeno. El carbono se transforma
en dióxido de carbono —también llamado anhídrido carbónico o CO2—. El
hidrógeno, en agua; y el oxígeno, en CO2 y H2O.
El 84% de la grasa que se elimina del cuerpo es exhalada en forma de CO2.
El 84% de la grasa que se elimina del cuerpo es exhalada en forma de CO2.
El 16% de
la grasa restante se elimina en forma de orina, heces, sudor, lágrimas (?) y
otros fluidos corporales que no voy a especificar.
Y no, no
vale soplar mucho o muchas veces seguidas para metabolizar esa grasa. Ni se
elimina sudando. Lo que se elimina en una sauna —o cuando le hacen a uno
un Expediente de Regulación de Empleo— es agua, que se repone bebiendo. Hay que
conseguir alterar la grasa y luego, sencillamente, respirarla.
Me he
esforzado estos cuarenta y un días extirpando de mi rutina el ejercicio,
la comida sana y la vigilia, pero lo he conseguido: he rebajado mis marcas atléticas
exactamente a la mitad. Así que hago la mitad de flexiones y corro la mitad de
tiempo.
¿Se puede
clasificar la literatura —o la filosofía— en obesa o enjuta? ¿Por qué no? De
hecho, se puede hacer desde antes de El
Quijote, que, como sus personajes, pertenece a ambas. No cabe duda que los
dos Enrique IV, Las alegres comadres de
Windsor o La conjura de los necios
es verbo grasiento. Y no tendríamos problemas en clasificar Hamlet o todo Wittgenstein como
escritura flaca. Esto de lo liviano como espiritual y lo gordo como terreno
está, claro, muy sobado. Daudet con Tartarín de Tarascón pretendía componer un don
Quijote entrado en carnes. ¿Es Goethe enteco o rollizo? Hoy, corriendo al lado
del río enorme y marrón —se ha desbordado dos veces— y sobre la hierba fresca
me elevaba en efecto.
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martes, 5 de abril de 2016
La obligada compañía del corredor en círculos. Aftermath
30 de marzo
de 2016
domingo, 27 de marzo de 2016
La obligada compañía del corredor en círculos. Sexual Healing
26 de marzo
de 2016
sábado, 26 de marzo de 2016
La obligada compañía del corredor en círculos. Silencio
24 de marzo
de 2016
Mi cuerpo
se da cuenta de que lo estoy tratando como un templo y desconfía. Sabe que si
construyo templos es para profanarlos. Y profanarlos mucho: descerrajando puertas a caballo, tajando cuarterones en sus peinazos, con bueyes arrancando retablos de sus sillares, pegando fuego a los tapices, orinando en el
sagrario y saliendo después, impávido y sonriente, con candelabros de oro macizo debajo de los brazos mientras hace eco en las bóvedas el mugido de las reses enloquecidas
que, sobre mármoles, se rompen el cuello resbalando en su estiércol.
viernes, 25 de marzo de 2016
La obligada compañía del corredor en círculos. Un hombre ordenado
23 de
marzo de 2016
Intento continuar con mi mejora personal y crecimiento físico y viceversa. Sin conseguirlo. Enorme luna llena que, sobre el yarmukle, kipá o medio platillo volante que han puesto encima de la plaza de toros hace parecer todo ello un fotograma de película francesa de ciencia ficción. Absolutamente nadie en la orilla del río. Oigo mis pisadas. Agua enorme en el río negro. Viento helado. Muy agradable. “Recordar es un acto creativo (…) Los recuerdos no son un relato apasionado o impasible de la realidad desaparecida; son el renacimiento del pasado, cuando el tiempo vuelve a suceder”, dice Svetlana Alexievitch. Totalmente de acuerdo. Todo lo que escribí arriba no deja de ser, más o menos, una trola. Y eso que lo mastiqué hace apenas una hora. El río llevaba agua y había luna llena. Y la gente está absorbida y apelmazada con gran estrépito en otro lugar de la ciudad por las putas procesiones. Eso es verdad. Lo demás es novela. También afirma la gran Svetlana que nos morimos “sobre la marcha”. No hay nada que no hagamos sobre la marcha aunque creamos lo contrario. Si pudiéramos detener el tiempo —objeto de estas carrerinas— para pensar y ejecutar nos pararíamos a los tres años y seguiríamos eternamente estirándonos el pito. Cito mucho a Svetlana, todavía asombrado de que le hayan dado el premio Nobel de Literatura —o un premio cualquiera— a una escritora excelente. Además, periodista; primera vez que ocurre y hecho sobre el que el resto de los periodistas del mundo han callado y siguen callando —incomprensiblemente— como zorras.
Intento continuar con mi mejora personal y crecimiento físico y viceversa. Sin conseguirlo. Enorme luna llena que, sobre el yarmukle, kipá o medio platillo volante que han puesto encima de la plaza de toros hace parecer todo ello un fotograma de película francesa de ciencia ficción. Absolutamente nadie en la orilla del río. Oigo mis pisadas. Agua enorme en el río negro. Viento helado. Muy agradable. “Recordar es un acto creativo (…) Los recuerdos no son un relato apasionado o impasible de la realidad desaparecida; son el renacimiento del pasado, cuando el tiempo vuelve a suceder”, dice Svetlana Alexievitch. Totalmente de acuerdo. Todo lo que escribí arriba no deja de ser, más o menos, una trola. Y eso que lo mastiqué hace apenas una hora. El río llevaba agua y había luna llena. Y la gente está absorbida y apelmazada con gran estrépito en otro lugar de la ciudad por las putas procesiones. Eso es verdad. Lo demás es novela. También afirma la gran Svetlana que nos morimos “sobre la marcha”. No hay nada que no hagamos sobre la marcha aunque creamos lo contrario. Si pudiéramos detener el tiempo —objeto de estas carrerinas— para pensar y ejecutar nos pararíamos a los tres años y seguiríamos eternamente estirándonos el pito. Cito mucho a Svetlana, todavía asombrado de que le hayan dado el premio Nobel de Literatura —o un premio cualquiera— a una escritora excelente. Además, periodista; primera vez que ocurre y hecho sobre el que el resto de los periodistas del mundo han callado y siguen callando —incomprensiblemente— como zorras.
martes, 15 de marzo de 2016
La obligada compañía del corredor en círculos. La foto de carnet de Dorian Grey
15 de marzo
de 2016
Aperitivo,
del latín aperire —como abrir, abril…—. Siempre he considerado esta palabra la
más bella del idioma español. Otros eligen amor o nefelibata o resiliencia. Yo,
no. Aperitivo, luz de mi vida, fuego de mis entrañas, pecado mío, alma mía; la
boca emprende un viaje de cinco pasos desde la cara de tonto de la ‘a’ hasta
los morritos del ‘vo’. A. Pe. Ri. Ti. Vo.
El diálogo con el espejo de un adolescente o de un hombre de mediana edad —yo soy todos los hombres de mediana edad y soy de mediana edad porque ahora vivimos cien años, ¿qué pasa?— es muy similar. Básicamente un perplejo ‘cómo puedes hacerme esto a mí’. En el reflejo aparecen cosas indeseables, las proporciones no encajan… el individuo del cuarto de baño no es el despreocupado y joven atleta con el que convive uno el resto del día. Esta dismorfofobia —o, más bien, imaginofilia— puede llevarse con dignidad o desesperación. Según la paciencia de la que se disponga. Mes y medio de ponzoña, atiborración y empocilgamiento. Pero se acabó. Oh, sí. Hoy en el crepúsculo salgo a correr. Hay novedades: alguna fachada limpia, algún cemento reciente… En olores, los mismos: leña, gasolina y, curiosamente, marihuana más allá del Puente de los Leones. Siempre. Supongo que en los bares de juventud —como les decían mis ancestros a los de fumar porros— ahora habrá aromas de césped, mierda de perro y fango.
El diálogo con el espejo de un adolescente o de un hombre de mediana edad —yo soy todos los hombres de mediana edad y soy de mediana edad porque ahora vivimos cien años, ¿qué pasa?— es muy similar. Básicamente un perplejo ‘cómo puedes hacerme esto a mí’. En el reflejo aparecen cosas indeseables, las proporciones no encajan… el individuo del cuarto de baño no es el despreocupado y joven atleta con el que convive uno el resto del día. Esta dismorfofobia —o, más bien, imaginofilia— puede llevarse con dignidad o desesperación. Según la paciencia de la que se disponga. Mes y medio de ponzoña, atiborración y empocilgamiento. Pero se acabó. Oh, sí. Hoy en el crepúsculo salgo a correr. Hay novedades: alguna fachada limpia, algún cemento reciente… En olores, los mismos: leña, gasolina y, curiosamente, marihuana más allá del Puente de los Leones. Siempre. Supongo que en los bares de juventud —como les decían mis ancestros a los de fumar porros— ahora habrá aromas de césped, mierda de perro y fango.
lunes, 1 de febrero de 2016
La obligada compañía del corredor en círculos. León en invierno
31 de enero de 2016 León
en invierno
Cuando salgo a correr trato —además y al mismo tiempo— de no comer ni beber. Es un triple desafío. Mi particular Ironman. Esta combinación de meneíllo con inmovilidad, de ritmillo sin ingesta intenta —sin conseguirlo— equipararse a la alta vibración permanente que explica —ejem, perdón— la física cuántica. Nada se está quieto. Aunque yo deba estarme quieto a veces y no ir al frigorífico. Ni al supermercado. Esto de ahora quieto, ahora corre más que a la teoría de cuerdas recuerda a las torturadas bestias de los circos.
Cuando salgo a correr trato —además y al mismo tiempo— de no comer ni beber. Es un triple desafío. Mi particular Ironman. Esta combinación de meneíllo con inmovilidad, de ritmillo sin ingesta intenta —sin conseguirlo— equipararse a la alta vibración permanente que explica —ejem, perdón— la física cuántica. Nada se está quieto. Aunque yo deba estarme quieto a veces y no ir al frigorífico. Ni al supermercado. Esto de ahora quieto, ahora corre más que a la teoría de cuerdas recuerda a las torturadas bestias de los circos.
1 de febrero de 2016 Illuminations o Is that all there is?
El dios de la mecánica universal me escucha y, el muy cachondo, me inmoviliza. Mal. Tengo que dejarlo a los siete minutos porque me duelen —mucho— las piernas. No lo entiendo. Es absolutamente imposible que sea sobreentrenamiento. Es como diagnosticar coma etílico a alguien que se haya tomado dos mostos. Empiezo a envidiar cuerpos, pero no el aspecto. El interior. Esponjosos y aterciopelados pulmones, bombeantes ventrículos, poderosos páncreas, afinados tiroides, tensos vasos y capilares, firmes y nervados ejes hipotalámico-hipofisario-adrenales…
El dios de la mecánica universal me escucha y, el muy cachondo, me inmoviliza. Mal. Tengo que dejarlo a los siete minutos porque me duelen —mucho— las piernas. No lo entiendo. Es absolutamente imposible que sea sobreentrenamiento. Es como diagnosticar coma etílico a alguien que se haya tomado dos mostos. Empiezo a envidiar cuerpos, pero no el aspecto. El interior. Esponjosos y aterciopelados pulmones, bombeantes ventrículos, poderosos páncreas, afinados tiroides, tensos vasos y capilares, firmes y nervados ejes hipotalámico-hipofisario-adrenales…
En esta ciudad, ya lo he
escrito más veces, de noche está muy oscuro. Las zonas de sombra crecen al
ritmo de nuestra indigencia. Veo a algunos corredores con dispositivos
luminosos, bien es cierto que más para ser vistos que para ver. Al primero que
distingo —con una luz anaranjada dirigida a… ¡su propio rostro!— es al político
Marcos Barazón, mano o uña derecha de la occisa Isabel
Carrasco y alcalde por aclamación en su pueblo. Imputado por
—a ver si me acuerdo de todo—: negociaciones prohibidas a funcionarios, prevaricación,
cohecho, tráfico de influencias, fraude y revelación de secretos (?) Corre que
se las pela. Como si tuviera un motorín. ¿De qué trata de escapar? ¿De la
humana justicia? ¿De su turbio pasado? ¿De su incierto futuro? No sé. Trato de desentrañar
la información o leer las señales que me dan estos ratos y no llego a ninguna
conclusión. Quizá no la haya.
Hoy, también, los perros me ladran; lo que no me
había ocurrido nunca.miércoles, 27 de enero de 2016
La obligada compañía del corredor en círculos. Nuncas serás Pla
19 de enero de
2016 Yo expío
A pesar de mis reticencias
morales sobre el exclusivo objeto de estos textos —cierta preocupación porque la barriga doble hacia dentro en vez de hacia fuera
cuando me siento— y de que los encuentre
narcisistas y banales, cada poco vuelvo a la primera página de este prontuario.
Hasta en las sensatas admoniciones: mi mujer, en cuanto me ve en mallas, me
advierte muy seria sobre la angina de pecho. No es partidaria. Que no me
precipite*. En total: me ruega que no me proporcione una a mí mismo con estas
bobadas. Gracias, amor.
Tengo cuarenta y nueve
años. Peso noventa y cuatro kilos. Mido uno ochenta. Este martes, después de no
hacer ejercicio sistemático desde hace… casi dos meses etcétera, vuelvo al
espejo. Lo de entrenar o quererse a uno mismo, estar en forma o sentirse bien
es peligrosísimo. Afortunadamente, esta inercia criminal hacia la dicha se
puede detener sin esfuerzo. Lo hago cada poco.
En efecto cumplí los cuarenta y nueve, se dio término —aunque sigue sin rematarse— a la cocina, pasé la Navidad —parte de ella, aunque nadie me creyó, enfermo—, hubo unas elecciones generales —en las que, según parece, no salió elegido nadie— y el día uno de enero a las once de la mañana estaba nadando. ¡Nadando! ¡El día de Año Nuevo! ¡Y luego me di un baño turco! Frené esta deriva o pendiente, como digo, de forma inmediata tomándome una gran cerveza con gaseosa. Hasta el día de hoy. Han sido dos meses de gran necedad y despilfarro. Vuelvo a la helada tiniebla de la ribera bernesguiana: no hay cambios. Sólo soy un poco más viejo, un poco más deforme, un poco más pobre, un poco más estúpido, un poco más triste, un poco más cobarde. Como la ciudad.
*Supongo que habrá más esposas suplicando a sus maridos que se esperen un poco cuando les dicen que se van a correr. Véanles o no en leotardos. Sicalíptica gracieta que pongo para compensar lo del acto perlocativo que va después.
En efecto cumplí los cuarenta y nueve, se dio término —aunque sigue sin rematarse— a la cocina, pasé la Navidad —parte de ella, aunque nadie me creyó, enfermo—, hubo unas elecciones generales —en las que, según parece, no salió elegido nadie— y el día uno de enero a las once de la mañana estaba nadando. ¡Nadando! ¡El día de Año Nuevo! ¡Y luego me di un baño turco! Frené esta deriva o pendiente, como digo, de forma inmediata tomándome una gran cerveza con gaseosa. Hasta el día de hoy. Han sido dos meses de gran necedad y despilfarro. Vuelvo a la helada tiniebla de la ribera bernesguiana: no hay cambios. Sólo soy un poco más viejo, un poco más deforme, un poco más pobre, un poco más estúpido, un poco más triste, un poco más cobarde. Como la ciudad.
*Supongo que habrá más esposas suplicando a sus maridos que se esperen un poco cuando les dicen que se van a correr. Véanles o no en leotardos. Sicalíptica gracieta que pongo para compensar lo del acto perlocativo que va después.
“…España es el carro de heno de Brueghel/Bosco.
Se ven algunos calaverones con guadaña, pero lo que hay es heno, mucho heno.
Del heno vamos comiendo”.
Maradona. Columna en El País. Francisco Umbral.
Maradona. Columna en El País. Francisco Umbral.
"Me las puse y sentí que viajaba
que las chicas eran todas mis esclavas
me las puse y el dinero me sobraba
y el tiempo de mi vida no pasaba"
que las chicas eran todas mis esclavas
me las puse y el dinero me sobraba
y el tiempo de mi vida no pasaba"
Mis gafas. Orquesta Mondragón
“No me bendiga al parejo que a mis cabras”
Simón el estilita. Luis
Buñuel
“Monday's child is fair of face,
Tuesday's child is full of grace,
Wednesday's child is full of woe,
Thursday's child has far to go,
Friday's child is loving and giving,
Saturday's child works hard for a living,
But the child who is born on the Sabbath day
Is fair and wise and good in every way”.
Nursery rhyme. Traditional
"Lo que no se puede es andar poniendo citas a lo bobo".
Ensayos. Miguel de Montaigne
No hay nadie en casa
cuando salgo a las siete y media de la tarde —noche cerrada, frío intenso—.
No hay nadie, ni he hablado con nadie después, cuando vuelvo. Corro por el
suelo helado en paralelo al río negro y brillante, sin sombra. La impresión es
de que me estuvieran desplazando un enorme telón oscuro y yo estuviera quieto
—tampoco es que me mueva muy deprisa—. La experiencia, recordada luego, resulta
alucinada y onírica. Me recuerda a la película sueca El visitante nocturno (Papegojan, Laslo Benedek. 1971). Lo que me
recuerda que todo me recuerda siempre a algo. Es tediosísimo. Sé que la lengua
es un sistema de citas*, pero un sistema de citas sobre un sistema de citas
resulta monótono. Y da sueño. Quizá debería hacer estas cosas por la mañana. Antes de la piscina. Y del baño turco. Juá.
*La apertura semántica intertextual que se produce en los ensayos con las citas es comparada por Arenas Cruz con la apertura sintáctica propia del género, y ambas tienen como fin una respuesta perlocutiva** “En el ensayo es muy interesante la evocación intertextual de carácter semántico que muchos fragmentos implican al constituirse muchas veces como ‘observaciones’ respecto a otro texto. Así, las citas, sentencias, pequeñas narraciones, fragmentos de pensamientos, ejemplos, etc., aunque no despliegan todas sus posibilidades explícitamente en el ensayo donde aparecen siguen trabajando subterráneamente en la mente del lector”. (María E. Arenas Cruz, Hacia una teoría general del ensayo. Construcción del texto ensayístico, p. 439)
**Según el filósofo británico J. L. Austin, al producir un acto de habla, se activan simultáneamente otros tres (actos):
Un acto locutivo (el acto físico de emitir el enunciado, como decir, pronunciar, etc.). Este acto es, en sí mismo, una actividad compleja, que comprende, a su vez, tres tipos de actos diferentes:
acto fónico: el acto de emitir ciertos sonidos;
acto fático: el acto de emitir palabras en una secuencia gramatical estructurada;
acto rético: el acto de emitir las secuencias gramaticales con un sentido determinado.
Un acto ilocutivo o intención (la realización de una función comunicativa, como afirmar, preguntar, prometer, etc.)
Un acto perlocutivo o efecto (la (re)acción que provoca dicha emisión en el interlocutor, como convencer, interesar, calmar, etc.) ***
*** Cuando leo estas… cosas siento un enorme alivio. A veces creo que soy más tonto que los demás. Pero, no. Joder —¡acto fónico y fático!—. Lo que soy es bastante menos pelmazo.
22 de enero de 2016 Un artista del hambre
Estoy harto de mí mismo. Corro yo solo y luego vuelvo a casa y comento lo que me parece esa solipsista experiencia. Preparo un libro. Un libro mío. Un libro de viñetas. Comentadas. Así que tengo que leer mis propias opiniones y escribir sobre ellas. Las encuentro obvias y tontorronas. Me dan ganas de insultarme. Me parece que no pinto, dibujo, diseño, digo o incluso galopo más que tonterías. No, no tengo la autoestima baja. Debo ser el único que la tiene calibrada. Ignoro cómo soportan los famosos hablar de sí mismos y sus monadas todos los días, todo el rato. No me extraña que se atiborren a productos. La alternativa sería darme a los demás. Miro lo que afirman o publican mis contemporáneos. Dios santo.
24 de enero de 2016 Los accidentes del verbo
Los domingos, por su
condición de domingo, no permiten ni descansar ni hacer. Se les puede esquivar
o asfixiar, esperando que la vida y los objetos vuelvan el lunes. Eso es todo.
26 de enero de 2016 Nunca serás Pla
No adelanto a nadie. No adelgazo. No corro más ni más tiempo. Ayer cené cuatro zanahorias. Y anteayer, dos. Me va a dar un ictus. Mañana la lío.
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función perlocativa,
leotardos en general,
Montaigne,
Orquesta Mondragón,
piscina,
Thursday's child has far to go,
with my little eye
martes, 24 de noviembre de 2015
La obligada compañia del corredor en círculos. Mountain Of My Misgiving
24 de noviembre de 2015
Thomas Mann no permitió
que sus masivos diarios fueran publicados hasta veinte años después de su
muerte. La expectación con que se revelaron se transformó en incredulidad
primero y yo creo que en hilaridad con el tiempo. Resulta que el monumental
señor anotaba y describía con menos precisión la convulsa Europa
que se desangraba en dos guerras que sus descargas seminales o sus deposiciones.
Para mí resulta perfectamente comprensible: una persona que se toma tan en
serio a sí misma ve en su vida y actos —y
descargas— no ya el reflejo, sino la causa de todo. Tampoco podemos exigir perspectiva histórica a
alguien resuelto a que algo tan banal como escribir se convierta una tarea mortalmente
seria. Sobre todo si cree formar parte de la misma
historia. La peana no suele sentir —ni se le pide— admiración por la estatua
que sostiene. La idea de que los actos diminutos o cotidianos puedan ser
admirables o monstruosos o que, sencillamente, no haya ninguna otra cosa, constituye
toda literatura. Los viajes de Ulises terminan cuando ve a su perro y don
Quijote se muere en su cama.
Me gustaría
cincelar paisajes morales y extraer conclusiones heroicas de mis trotamientos,
pero consigno que al final el lavavajillas no estaba estropeado, que yo no tenía
ninguna caries y que he corrido —por fin y al tercer día— media hora. Los
cabrones de Ikea, eso sí, siguen sin dar señales de vida.
La obligada compañía del corredor en círculos. A good man is hard to find
23 de
noviembre de 2015
Siguen sin acabar la obra y el lavavajillas, que ya teníamos y que se supone no hacía falta cambiar, se une a la fiesta e inundala cocina. Perdemos
cuatro cero en casa contra el Barça y mañana tengo hora en el dentista. Dentro
de una semana es mi cumpleaños. Luego está lo del dinero. Mi dinero. Me pareció
verlo dentro del bar, bronceado y delgadito, muerto de risa. Ni me saludó.
No sé qué pulsión impele a competir a la gente entre sí. Yo salgo a correr contra estas pequeñas puñetas, estos contratiempos enanos.
Siguen sin acabar la obra y el lavavajillas, que ya teníamos y que se supone no hacía falta cambiar, se une a la fiesta e inunda
No sé qué pulsión impele a competir a la gente entre sí. Yo salgo a correr contra estas pequeñas puñetas, estos contratiempos enanos.
domingo, 22 de noviembre de 2015
La obligada compañía del corredor en círculos. De amore o Educatio principis
22 de noviembre de 2015
Cambio de cocina con gran jaleo de escombro e interminable cabalgata de fulanos negligentes o fantasmagóricos. Yo creo que esto de las obras es ya un género literario. Mantengo una relación con los operarios —fontaneros, técnicos, electricistas, albañiles…— que resulta en todo similar al amor cortés. Yo sería el caballero que, paseando nervioso por adarves y barbacanas, espera —y obtiene— desdenes y silencios del fementido montador —por ejemplo— que, con su desnuda cabeza puesta en otros amores y castillos me desprecia y se muestra inalcanzable. En estos requiebros se pasa el mes y por eso no he salido a dar brincos —o esa disculpa me pongo—: Por las bellaquerías de tan degrasdecidos braços que aguardo quexoso y congoxoso. Luego querrán su galardón. Los hijos de puta.
Cambio de cocina con gran jaleo de escombro e interminable cabalgata de fulanos negligentes o fantasmagóricos. Yo creo que esto de las obras es ya un género literario. Mantengo una relación con los operarios —fontaneros, técnicos, electricistas, albañiles…— que resulta en todo similar al amor cortés. Yo sería el caballero que, paseando nervioso por adarves y barbacanas, espera —y obtiene— desdenes y silencios del fementido montador —por ejemplo— que, con su desnuda cabeza puesta en otros amores y castillos me desprecia y se muestra inalcanzable. En estos requiebros se pasa el mes y por eso no he salido a dar brincos —o esa disculpa me pongo—: Por las bellaquerías de tan degrasdecidos braços que aguardo quexoso y congoxoso. Luego querrán su galardón. Los hijos de puta.
Nota gimnástica: Corro muy
poco, pero sudo. Lo que, a un grado bajo cero, no es poca cosa.
Nota consistorial: El
Ayuntamiento de León ha cambiado levemente de uno estúpido a uno estúpido pero
un poco más activo, lo que ya ha provocado más de una y más de dos tumoraciones
urbanísticas. Como una rotonda del diámetro de una rueda de tractor.
Nota fluvial: Al volver de
mi recorrido norte-sur cambio de orilla y me veo obligado a dar la vuelta porque
están torturando y propiciando otra angina al Bernesga que ya sólo tiene
en parte de su recorrido por la capital una única —llamémosla así— manga. Si lo
encogen un poco más lo pueden meter en una tubería. Véase nota consistorial.
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Me cago en Ikea y en toda su puta organización
domingo, 18 de octubre de 2015
La obligada compañía del corredor en círculos. El Buda de la rivera
18 de octubre de 2015
Me sale un discípulo. Iba a decir seguidor, pero no: seguidores no tengo. Soy yo el que va a la cola de todo el mundo. Hoy me dejan atrás a gran velocidad —o me lo parece a mí— cuatro jóvenes. Al menos iban en apretado silencio. Me fastidia cuando me adelantan mientras charlan despreocupadamente. Temo que un día lo hagan al tiempo que toman un café y leen el periódico.
Que me ha salido un próselito o catecúmeno, digo. Me pregunta cosas. Que qué tiene que hacer para empezar a correr. No hago chistes ni le disuado —como estaban imaginando—. Le coloco en cambio mi libro —compren mi libro— y le aconsejo las simplezas de estos casos. Ir despacio, lesionarse, comer poco y cenar más poco que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago… bueno, eso no es mío. Pero como no es una gran anécdota, necesitaba palabras más suculentas.
No hay gimnasia mala. Aunque a veces me pregunto si con estos meneos nos estamos proporcionando narcóticos o beneficios que deberían sernos más bien otorgados por los demás. No puedo dejar de pensar que esto de estar bien todo el rato o darle al cuerpo lo que pide es un acto de egoísmo. Una manera de decir: no os necesito, tengo este vehículo nuevo (como explicaba el majara de Mishima*) que me colma y acompaña.
*My body became to me like a fashionable sports car for its proud owner.
miércoles, 14 de octubre de 2015
La obligada compañía del corredor en círculos. Se cierra el círculo
7 de octubre de 2015
“I’m no yokel. I was all
the way to Miami once”.
Lawrence Kasdan. Body Heat.
1981
Beber para hacer a la
gente interesante, que decía Hemingway. O correr para no correr; lo que tiene
la misma lógica que darse prisa para no tenerla.
Aparecen en estos días cerca de casa no una, sino dos mujeres muertas. Una en el punto exacto donde doy la vuelta para volver en el circuito de verano y otra todavía más cerca de mi portal. Contando a la occisa Isabel Carrasco —véase entrada del 15 de mayo de 2013— ya van tres cadáveres bajo mis huellas. Conozco a la nueva comisaria que lleva estos casos. Los resuelve muy bien, como Jessica Fletcher o la señorita Marple, pero, al igual que ocurre con las detectives meticonas, la cosa empieza a parecer ya mucha coincidencia. Claro que también mi amistad con la jefa de policía y la proximidad de las fallecidas a mi domicilio me convierte, según la lógica de las películas, en el principal sospechoso.
14 de octubre de 2015
Es inevitable que la
necedad de la política y sus ejecutantes empape a todo tiempo y arte, así que, alejado de literatura y plástica, leo las consejas
sobre corredores cuarentones que salen en todas partes —en efecto, las dos cosas: consejas y cuarentones—. No entiendo cómo mi
libro no es todavía obligatorio en los colegios. Me suelen dar la razón sobre
zapatillas: —que se puede ir con las de casa—, ritmos, endorfinas, pulsaciones
y vida eterna en general, pero difiero en su obstinación afirmando que: "correr media hora es un ejercicio suave" y, sobre todo, en que "no
debe practicarse por estética". ¡Cómo se atreven! TODO debería hacerse por estética.
sábado, 3 de octubre de 2015
La obligada compañía del corredor en círculos. Avanzan enmascarados
2 de
octubre de 2015
De repente
tengo la impresión de que todo el mundo está preparando algo, que son más cautos
y sensatos que yo. Que planifican, proyectan y recogen. Noto que una especie de
nieve —simbólica— se licúa y
riega los frutos de las personas mientras que la mía se acumula en el techo
esperando hundirme la casa y apagarme el fuego. La gente se me asemeja a la hormiga del cuento: conforme, apercibida, adaptada. No digo que sean unas taimadas comadrejas, no. Sólo que me lo parecen.
Quizá se debe a que la
temperatura baja, el aliento toma cuerpo, las sombras avanzan y, en la orilla
del río, van —vamos— quedando los solitarios corredores de invierno. Los que
hacen que parezca que estoy inmóvil o que corro hacia atrás, con enorme peso en
los pies, como en los sueños.
martes, 29 de septiembre de 2015
La obligada compañía del corredor en círculos. Clockwise redemption
28 y 29 de
septiembre de 2015
No sé por
qué llamo a estos textos entradas si en realidad son salidas —jo, jo, jo—. Por lo que veo —veinticinco días sin
correr nada— mis lapsos son cada vez más abiertos. Para compensar este verano vultuoso
que se marcha despacito salgo dos días seguidos. El primero corro poco y el
segundo —por puro coraje— un poco más. En estas dos jornadas he perdido dos
kilos. Si continúo así dentro de un mes habré perdido treinta y pesaré sesenta.
Lo que una modelo extremadamente obesa.
Cosas buenas y malas de
correr y no comer ni beber:
Lo bueno:
· La ropa no sólo te entra
sino que te sienta bien. Como no hay que comprar —nuevas— prendas de gordo, uno
ahorra.
· Una mayor lucidez.
· Sensación de control.
· Se dispone de mucho más
tiempo: los bares son jefes exigentes y las resacas, amantes insaciables.
Lo malo:
· Una mayor lucidez.
Nota médica. Me fui a
graduar la vista. Me
diagnostican unas gafas. Pregunto qué pasa si no las adquiero. Que vería peor
que con ellas. Es cierto. Al correr percibo ahora mis objetivos todavía más
lejanos. No las adquiero. Séptimo —u
octavo, ya no me acuerdo— signo del carcamal: la vista nublada o fosca y la
reluctancia a la ortopedia.
Me asombra el buen humor
que muestro en estas entradas (o salidas). El ambiente de estupidez —local,
cultural, nacional, político, territorial, literario, informativo, plástico y
hasta locomotor y logístico— resulta ahora mismo sólido, vestido enteramente,
ancho, navegable... y me afecta. Se pasará, supongo.
martes, 25 de agosto de 2015
La obligada compañía del corredor en círculos. El mar
25 de agosto de 2015
Cosas normales. La Luna crece, empieza la Liga —empatamos a cero en el Molinón. Cojonudo, Floren—, tomo whiskies, me baño en el océano… Voy y vengo del pueblo por motivos… Corro en León y mi salmo responsorial es la superficie. No hay nada más en esta cucaña a la que me encaramo cada vez con más apuros —hoy he de apelar a toda mi voluntad para hacer veinte escuetos minutos—: sólo la efigie. Trato de encontrar —sin conseguirlo— una cita de Keith Richards. Venía a explicar que uno podía tener las asaduras hechas puré de morcilla por la heroína, pero con un buen bronceado todo el mundo te iba a decir que tenías un aspecto espléndido. Eso. El aspecto.
Cosas normales. La Luna crece, empieza la Liga —empatamos a cero en el Molinón. Cojonudo, Floren—, tomo whiskies, me baño en el océano… Voy y vengo del pueblo por motivos… Corro en León y mi salmo responsorial es la superficie. No hay nada más en esta cucaña a la que me encaramo cada vez con más apuros —hoy he de apelar a toda mi voluntad para hacer veinte escuetos minutos—: sólo la efigie. Trato de encontrar —sin conseguirlo— una cita de Keith Richards. Venía a explicar que uno podía tener las asaduras hechas puré de morcilla por la heroína, pero con un buen bronceado todo el mundo te iba a decir que tenías un aspecto espléndido. Eso. El aspecto.
El que trabaja las tierras de uno de
mis vecinos —en el pueblo, aparte de mi lejano Gatsby que se llama
Tarsicio, los vecinos no son personas: son tierras de labranza— viene
a poner el riego en la tierra de al lado. Los Pajaritos, como
llaman al fino y vertical dispositivo de aluminio que, conectado al canal de
Payuelos en su fase I escupe en alto agua a los cultivos. Muy bonito de ver.
Es… refrescante —Dios me perdone—. Coincido,
como digo con él en la cancela y le invito a pasar y tomar una cerveza. Yo no
tomo nada. Antes de entrar me alaba el coche —ahora tengo un coche tremendo— y,
ya dentro de la finca, en el portalón donde dejo unas bisagras que acabo de
comprar para intentar hacer una estantería charlamos un rato sobre sus maíces —los
usa para dar de comer al ganado—, sobre que no se me ve en el bar del pueblo y
sobre lo curiosa que tengo la hierba y los setos. Bien. El hombre saca pues
tres conclusiones erróneas:
Sobre el coche: que soy rico y próspero.
Sobre el césped y las bisagras: que
soy hábil y trabajador.
Sobre la cerveza y el bar: que no
bebo.
Moraleja: todas las apariencias
inducen al error. Pero no tenemos más referencia, así que vivimos perpetuamente
equivocados.
Por
supuesto, después de enredar hora y media y sudar en vano, no consigo hacer
nada con las putas bisagras, que guardo en una habitación de herramientas junto
a otros muchos dormidos utensilios que me han olvidado hace tiempo.
viernes, 14 de agosto de 2015
La obligada compañía del corredor en círculos. Mi vida en el mundo de los objetos
13 de agosto de 2015
Vuelvo a León y, después de dos
meses y medio, corro lo mismo que la última vez: veinticinco minutos a paso de
montura. Lo que me pasma: creí que me desplomaría cerca del portal de mi
domicilio. Setenta y tres jornadas tonta y gratuitamente atroces, lo que
atribuyo a la brutal transición de pasar a exponerme al brillo diurno y al aire
libre veinticinco minutos al día —con suerte— a once horas ininterrumpidas. Estas
semanas, que lleno desembozando, repintando, reparando, retirando, rasurando, roturando,
arrancando, amontonando y blasfemando a una temperatura media de veinticinco
grados, me provocan serias alucinaciones. Estoy hablando de mi enjabelgado
sepulcro, de mi cárcel horizontal, de mi achabolada metáfora: la finca del
pueblo, naturalmente. Al igual que mi propio cuerpo, este íngrato ámbito exige
constantes cuidados, imperceptibles al ojo humano. Por lo menos al mío. Si mimo
uno, descuido el otro. Y, sobre todo, abandono MI OBRA ya que sólo escribo sin
propósito —y sin cobrar— cuando salgo a correr. Así que no hay RELATO DE
VERANO.
Todos los relatos de verano —antes los periódicos incluían relatos de verano. Ahora no sé— vestían
el mismo esquema. Debía ser obligatorio. Este:
1) Descripción minuciosa de algún
recuerdo de infancia —playero fluvial o montañoso— con mucha reverberación sofocada
llena de sinestésicas sensaciones táctiles, auditivas y visuales de un niño —que
imagino con enormes orejas— asistiendo a alguna
2) Humillación sexual o intelectiva
en localización estival: pajar, granero, tómbola, caballitos, cala, ría,
embarcadero o apartamento en multipropiedad que conduce ineluctablemente al
3) Sacrificio arbitrario de algún
bicho: es abandonado el perro de la familia, se atropella al periquito, una
tortuga es volteada, se tortura a un urogallo o lo que sea: pero tiene que
quedar muy claro que, después de este feroz episodio, el mocoso ha quedado
impregnado por entero —y ya para siempre— en crueldad y egoísmo hasta las —desaforadas—
orejas.
FIN
De todas formas, creo que la culpa
de estas achicharradas literaturas —por llamarlas de algún modo— es de El extranjero y la errónea digestión —por
estos autores— de sus playas, cisternas y deslumbradas calorinas. Por no hablar
de Rulfo, el realismo mágico, —cocido en siestas a treinta y tres grados a la
sombra— o de la iluminación inferida a esclarecidas cabezas anglosajonas por
volcanes, sáharas o cualquier masa de agua o canto rodado bajo el desnudo sol
de otra latitud.
Puedo colmar la expectativa de verbosas y anacrónicas desdichas narrando cómo me hago extraer una muela, harto de su extravagante comportamiento. Razón esta por la que troto en la capital en vez de seguir con mis silvestres, deshidratantes y despellejadas, aunque inmóviles, aventuras en el agro. De verdad. Hace dos días. Una buena, además: un segundo molar. Vale más un diente que un diamante, decía Cervantes. Y un implante más que ambas piedras. Consulten tarifas.
Puedo colmar la expectativa de verbosas y anacrónicas desdichas narrando cómo me hago extraer una muela, harto de su extravagante comportamiento. Razón esta por la que troto en la capital en vez de seguir con mis silvestres, deshidratantes y despellejadas, aunque inmóviles, aventuras en el agro. De verdad. Hace dos días. Una buena, además: un segundo molar. Vale más un diente que un diamante, decía Cervantes. Y un implante más que ambas piedras. Consulten tarifas.
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| Por si alguien dudaba todavía acerca de si la luz es una onda y una partícula. |
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| Otra quemada instantánea de Villa Modorra. Hacía tiempo que no ponía santos. Foto: Eva Díez Robles. |
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lunes, 1 de junio de 2015
La obligada compañía del corredor en círculos. Leviatán
1 de junio de 2015
Yo
conozco tus obras: que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente!
Pero porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.
Porque
tú dices: soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y
no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.
Apocalipsis 3:15-16-17
Hala. Dos días seguidos dando tumbos.
Sobrecompensando fuerte. Estoy de muy mal humor —y en una bajísima forma;
supongo que ambos estados se influyen entre sí—. Quizá sean los resultados de
las elecciones municipales y autonómicas: ligerísima inclinación hacia otras
formaciones distintas a las —negligentes y codiciosas— de toda la vida. Nos piden los
dientes para masticarnos las cosas y los usan para mordernos. Pero la gente no
parece darse cuenta. Sigue habiendo un treinta y pico por ciento de abstención.
No formo parte de jurados, no doy clase, no doy consejos. Porque no me gusta
que cometan jurados, clases o consejos contra mí. Aunque quizá me vendría bien.
Aunque quizá me haga falta. Aunque quizá lo esté pidiendo. Quizá no. Debería
dejar de mirarme el ombligo —o de tratar de que esté más más para adentro—. Igual me hago
estas teatrales preguntas porque a veces me siento un hombre encerrado en el
cuerpo de… un señor.
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un hombre encerrado en el cuerpo de otro hombre distinto y más gordo
La obligada compañia del corredor en círculos. Running on empty
31 de mayo de 2015
Siempre me resultó sugerente este título. Cualquier
traducción de running on empty resulta,
de forma inevitable, mermada. En primer lugar es una frase hecha; y su único
mérito es el literal: corriendo en —o con el depósito—
vacío. El ‘no me queda más’ o ‘lo he dado todo’ es tontorrón. Running on empty. Mejor.
Debería haber salido a dar brincos hace quince días
—un hombre no corre con sus muñecas—, pero dilato la bobada
hasta hoy, domingo, en el que me sorprendo diciendo a un conocido que corre por
los niños con cáncer —solicitándome una colaboración— que los niños con cáncer
deberían darme dinero a mí. Sin
solución de continuidad, a otra persona que me pide que evalúe o pondere unas
preguntas que ha redactado su hija para un trabajo universitario… prácticamente
le recomiendo que la dedique a la prostitución.
Salgo, como digo, a las nueve de la
noche, con luna llena, veintipico grados de temperatura y luz diurna, a correr.
Y corro poco y mal. De hecho me vuelvo a tropezar —esta vez con el pie
izquierdo— en una piedra similar cerca de donde me di la hostia hace un mes y
medio. Pero no me caigo. No me da la gana. Luego, en la curva maléfica donde todo
confluye, me descubro riendo a carcajadas pensando que todo —todo— lo que veo y
vivo desaparecerá. Y que así debe ser. Ignoro de dónde procede este satánico
dramatismo que me posee de vez en cuando. Debe ser el calor.
jueves, 7 de mayo de 2015
La obligada compañía del corredor en círculos. El hombre con rayos equis en todas partes
4 de mayo de 2015
Sigo sin correr ni hacer nada. Echo
de menos hasta pasar la
aspiradora. Ya no llevo cabestrillo, sino venda compresiva.
Es tan compresiva que me deja acostarme con otras vendas sin enfadarse. Jaimitesco
chiste que coloco para redimirme y prevenir ulteriores ataques poético-cretinos.
La obligada compañía del corredor en círculos. Si te dicen que caí
21 de abril de 2015
Accedo al río de la manera más inverosímil —¡Por el McDonald’s!— Me yergo al lado del pretil de piedra que domina el río antes del Puente de los Leones. Con la cabeza desnuda, una cerveza, el brazo derecho en cabestrillo y una americana de paño veo pasar a los torpes corredores a los que que envidio y me invade una sensación de… estupidez. Estos complementos, atardeceres y atalayas, junto con la indigestión de cine y —mala— literatura me podría convertir en… no quiero pensarlo. Debo volver a dar brincos cuanto antes.
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